lunes, 3 de octubre de 2011

30 de septiembre, el vértigo.



Los acontecimientos ocurridos el 30 de septiembre han sido objeto de una empresa conceptualizadora sin precedentes, ningún otro día de nuestra historia reciente ha merecido tanta atención y ha reclamado una dotación de sentido con tanta urgencia.
Sin embargo la posición que ha tomado el órgano mediático del gobierno (sin que esto implique ninguna perspectiva peyorativa de mi parte)  ha sido la de aprovechar el suceso para conferir un conjunto de valores a si mismo, y relatar los hechos tal y como cree que deben ser abordados. No es ninguna sorpresa que el pasado se construya en el presente, es más, es así como nos aproximamos a la Historia. La dotación de sentido del pasado es un campo de batalla en el presente en el cual el relato más coherente y plausible busca interpelar, en función de sus elementos, a la mayor cantidad de individuos. Esto quiere decir que la versión del gobierno acerca del 30 de septiembre es una interpretación de los hechos que obviamente le resulta favorable, pero también que la respuesta de la oposición es una búsqueda por minar el sentido construido por el gobierno. No debería extrañarnos que el 30 de septiembre se presente como una marca, como un símbolo. El 30-S no es un día, es un relato acerca de los valores y falencias
–en función del grupo que los enuncie- que tiene este gobierno.
Ahora bien, entendemos que la dotación de sentido del 30 de septiembre busque la aprobación de la opinión pública, o mejor dicho de la opinión publicada, pues de la misma forma que el pasado se construye performativamente en el presente, la opinión pública se construye performativamente en los medios, en otras palabras, aquello que se pública es aquello que yo pienso que pensé, el 30 de septiembre analizado por los medios (ya sean gubernamentales o privados) se convierte en el relato con el cual me relaciono en el presente bajo la ilusión de haberlo hecho en el pasado. 
He tomado este tortuoso desvío para decir que las dicotomías que en los medios encontramos en pugna,  tales como Golpe de Estado – Motín Policial;  Secuestro – Hospitalización;  Magnicidio (¡!)- No magnicidio, etc., son completamente predecibles y groseramente simples. La lucha por la dotación del sentido del 30 de septiembre se ha planteado en términos publicitarios y dice poco o nada acerca de lo que experimentamos muchas personas ese día.
Entonces, ¿Qué paso el 30 de septiembre?, ¿por qué incluso si no nos interesa la política, ese día nos embargo una extraña pesadumbre?, ¿porqué nos queda un recuerdo amargo sin que podamos expresarlo?
Para comenzar diré que no me interesa en lo absoluto la versión del golpe de estado, ni su tosca negación, tampoco la rimbombante acción del magnicidio, peor aun los detalles y testimonios publicados en las revistas de oposición. Aquello que resulta monstruoso en todo este asunto no es la figura del presidente, ni la del militar, ni la del policía, pero la del saqueador. Una persona anónima que surge en estos momentos que rompen lo cotidiano y nos recuerda que el Estado no es más que una frágil convención. Muchas veces nos relacionamos con el gobierno y su acción política como si fueran objetos naturales que se encuentran fuera de nosotros, sin embargo en momentos en los cuales estas convenciones sufren turbulencias, nos damos cuenta del abandono y sentimos vértigo, no tanto del fenómeno en sí, pero de la condición humana. Quiero decir que   el 30 de septiembre fue un día apolítico pues el orden cotidiano de la convención se interrumpió y sentimos el miedo en el cual se funda toda la tradición política. En una súbita genealogía, llegamos a un día sin Ley y nos encontramos de golpe en el Estado Natural de Hobbes. El saqueador es un ser pulsional, espontáneo, que no se rige más que por aquello que le dicta su apetito, ese saqueador nos amarga pues nos reconocemos en él y el miedo que sentimos, es la constatación de nuestros propios impulsos y deseos. La comunidad no es un pacto que tiene por base la comunión voluntaria de sujetos positivos, es el tapón que obstruye la figura del vacío que se encuentra al centro de la sociedad, el miedo al otro es el miedo a mi mismo.
El 30 de septiembre fue un día en el que pudimos ver el revés de la cotidianeidad, el temor que sentimos es la experiencia de la nada, es la constatación de la imposibilidad de la Ética fuera de la moral,  y de la culpa originaria que funda el Estado. El saqueador es la latencia de lo apolítico en el día a día, es la escisión que nos atraviesa y que nos acompaña como la siniestra sombra de lo común. No tenemos un pacto social, tenemos un común miedo a la posibilidad de la libertad pulsional que reconocemos en nosotros mismos y que sacrificamos al Estado a cambio de seguridad, no comunidad pero inmunidad.
El 30 de septiembre todos fuimos Vladimir y todos fuimos Estragon, en la angustia de la experiencia del abandono. 

Pablo Daniel Lloret.

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